Finalmente habíamos cruzado la frontera después de una larga espera sólo protegidos por un toldo que flameaba de tanto en tanto por el aire caliente.
De nuevo en camino y tras un largo trecho, Elvira detuvo el vehículo nuevamente bajo la sombra escasa de un único aguaribay. Había que pasar los trámites en el otro punto fronterizo.
Cuando bajamos de la camioneta la luz de la tarde empezaba a ceder. De uno u otro modo cada uno experimentó, ahora sí, que el desierto nos rodeaba, extenso, interminable y silencioso.
El desierto y el silencio.
De la construcción de madera salió un grupo de hombres vestidos con sus uniformes del ejército. En el medio del terreno frente a la base se erguía un mástil con la bandera blanca y roja. Y al fondo el horizonte como una línea.
Los hombres ahora alineados comenzaron una marcha a paso militar lento, medido, exagerado.
Aquellos hombres pequeños arrojados ahí como en una puesta escénica.
Al detenerse el grupo frente al mástil, la tarde se apagaba.
Ahora uno de los hombres baja muy despacio la bandera mientras los otros hacen la venia de saludo.
El buscado dramatismo de los gestos de esos hombres, ahora inmóviles, detenidos en el tiempo de las siete de la tarde, era una metáfora, un deslizamiento en el corazón mismo del silencio.
De tanto en tanto una ráfaga caliente todavía llegaba hasta nosotros cuando dejamos el lugar.
Esa noche armamos campamento y jugamos a las cartas. Las voces y las risas se perdían frágiles en la oscuridad.
jueves, 3 de enero de 2008
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